Radio/Psicologos Torrelodones

   
 
 
   
     
 

El curso escolar está terminando y hay muchas familias crispadas… se veía venir… el chico, la niña … no lo conseguirán…. algunos por primera vez, otros una vez más:  repetirán el curso. Los más "afortunados" prolongarán la agonía hasta septiembre  extendiendo la crispación a los meses de verano. Todos en casa se verán afectados, por los forcejeos para que hinque los codos, por el viaje frustrado, por el sinsabor de estar todo el día a la greña…
"Le va así de mal por eso … porque está en otra, porque es un vago"  "todo lo que le suponga un mínimo esfuerzo lo deja de lado, no sabe lo que es el esfuerzo"… dicen tantos padres y madres creyendo así explicarse el por qué de lo que ocurre.
Si nos permitiéramos dejar de lado estas  explicaciones -aunque sólo fuera  durante el breve lapso en que leemos  este artículo -quizás esta reja mental tras la cual colocamos a nuestros hijos cuando caen en el llamado "fracaso escolar"-  pueda abrirse un poco y permitirnos una mirada diferente. 
Salgamos primero del terreno minado del aula, de los libros, las calificaciones y miremos a los protagonistas: hijos y  padres (veremos a los profesores en otro artículo).
Es casi un lugar común decir que no hay adolescentes sin problemas, aunque cueste trabajo aceptarlo al verlos charlar en grupo con ese desparpajo que quiere pasar por seguridad y dominio del mundo. Quienes intentamos acercarnos a ellos sabemos que sus procesiones van por dentro y no son fáciles: integrarse y ser aceptado por un grupo, lidiar con una sexualidad explosiva y con un cuerpo que cambia, tolerar los rechazos de uno u otro tipo, independizarse de la familia. … "asignaturas" urgentes e ineludibles que se añaden a las del currículo escolar.
Es en medio de  estos mundos turbulentos que transcurre la larga etapa de escolaridad de nuestros hijos,  años en los que pretendemos que pasen de ser un apéndice nuestro en la familia hasta ser un individuo listo para formar la suya. No es poca cosa.
Cuando miramos hacia el pasado,  los adultos tendemos a idealizar la etapa escolar, la vemos como una época dorada,  libre y sin  preocupaciones. Hemos desdibujado los temores e inseguridades que vivíamos en esos años " No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida…” decía el filósofo francés Paul Nizan hablando de los años de juventud …
Nosotros sus padres,  tampoco lo tenemos fácil, agotados por un trabajo exigente o frustrante, o peor aún, enfrentando el paro y con una familia a la que debemos sacar adelante, muchas veces solos sin el apoyo de una pareja y con nuestras propias carencias. Y por si fuera poco, en lo que a nuestros hijos se refiere caminando a ciegas, improvisando una tarea harto compleja.
Cuando la chica o el chico suspende reiteradamente porque "está en otra" sería más útil  preguntarnos "¿en dónde está….?"  ¿qué le preocupa, qué le interesa verdaderamente? ¿Lo sabemos…? Intentar hablar con ellos dejando de lado las quejas por su mal rendimiento –algo que toma tiempo y no se consigue de la noche a la mañana- es una vía menos agotadora y a partir de la cual podríamos comenzar a entender qué expresan nuestros hijos en ese rechazo a los estudios. Porque fracasar en la escuela es siempre síntoma de algún malestar, el modo como muestran que algo no va bien consigo mismos.
Lo que llamamos pereza o vagancia es desánimo o franco rechazo frente a lo que ellos no consiguen incorporar a su vida  y menos aún disfrutar. Nada de lo que  se les ofrece allí despierta su curiosidad.
Puede también que sus dificultades tengan que ver con situaciones que ni siquiera imaginamos (peleas con los amigos, penas de amor…) pero que los agobian y hacen sufrir y por ello los estudios quedan en un segundo plano. Pensemos en nuestra propia experiencia ¿qué ocurre con nuestro trabajo cuando estamos mal…?
Enfrentar este problema como un "yo te doy y tú me das" donde los padres surten de caprichos varios (la play, la wii, el viaje etc. etc) a cambio de unas notas,  podrá funcionar  alguna vez para aprobar algún examen pero a la larga es un intercambio que no se sostiene ¿por qué? porque lo único que mantiene el aprendizaje son las ganas de saber, la curiosidad por las cosas que tienen que ver con nuestras vidas, con lo que nos es útil para conseguir aquello que verdaderamente nos interesa.
El llamado fracaso escolar no es un mal en sí mismo sino la punta de un iceberg. Cada chico es un mundo que necesita ser comprendido en sí mismo.  No se trata de pasar por alto sus -----   o de hacernos cómplices de sus huidas ni de pretender evitarles los dolores del crecimiento. El instituto no es un jardín de infantes y aprender tiene mucho de esfuerzo y sudor pero también de alegría y encanto.

Se trata, creemos, de que nosotros sus padres nos acerquemos a ellos que los miremos, a ellos y a sus estudios, de otra manera, porque mientras continuemos creyendo que sólo se trata de aprobar unos exámenes nuestros hijos continuarán siendo "unos vagos".

 

Barbara Jochamowitz
Psicoterapeuta

www.imagopsicologos.com


 
 
91 898 10 34          info@imagopsicologos.com